Profilo culturale

Graziano Cicoria

Artista BARCELONA · Catalunya · Spagna

After more than 25 years in international business, I left the corporate world and began painting at the age of 50. Working primarily in oil on canvas, I explore memory, light and imagination through figurative works

Biografia

Biografia e percorso

My approach to painting has a precise starting date: March 4, 2024, the day of his fiftieth birthday. It began by chance, as a game in every sense of the word, between a father and his daughters. Until a few months earlier, he had spent years working full-time in planning, budgeting, and business development for a major German corporate group. Cicoria left Italy in 1996 at a very young age, first moving to Belgium, then to England, Germany, and finally Spain. Despite a successful and steadily advancing career in the business world, for years—perhaps always—he had felt a sense of inadequacy and a deep, then unconscious, need to return to materiality and to a form of work involving mind, heart, and above all, hands. By reconnecting with the trade of bricklaying, which he had practiced in his youth, he found himself drawn almost instinctively to the visual arts, which entered his life in an unexpected way. From an undefined need to give something back—to an emotional place, to childhood, to himself—and from a wager made after a few drinks too many during a village festival, came the unrealistic idea of creating murals for the streets of Bonefro, the hometown of his grandparents and, in many ways, his own. The wager was lost; yet the practical and logistical impossibility of carrying out the project led him instead to oil painting. Thus began his practice, initially focused on large-scale religious scenes. A reserved and introspective individual, Cicoria brings into his artistic research a dimension of silence, waiting, dreamlike suspension, and inner observation. His works inhabit an intermediate space between memory, dream, and historical reality, populated by enigmatic figures, symbols, and theatrical settings. His painting combines Baroque chiaroscuro, Expressionist influences, and elements of Magical Realism, giving shape to images constructed through a psychological and narrative language. The gazes of his figures often become the emotional center of the works: silent, suspended presences marked by a fragile and restrained tension. Twenty-two medium- and large-format paintings are permanently exhibited at the former Santa Maria delle Grazie Convent in Bonefro, in the province of Campobasso. Another large-scale work is displayed in the Municipal Hall of Jelsi. Two of his works have entered the collections of the Museu Lluís Domènech i Montaner and Villa Flora in Canet de Mar.

Profilo artistico

Tecniche, materiali e percorso

Tecniche principali

Pittura

Materiali e supporti

Tela

Stile e linguaggio visivo

Figurativo

Ricerca artistica / poetica

El conjunto de Graziano Cicoria se organiza como una constelación pictórica atravesada
por un régimen de penumbra activa, donde la luz adquiere una función estructural y
emocional. La serie trabaja con un cromatismo de gran temperatura: ocres, tierras
tostadas, rojos profundos, verdes sombríos, amarillos sulfurosos, negros cálidos y
blancos velados construyen un campo de intensidad sostenida. La pintura se despliega
en una atmósfera crepuscular que envuelve las formas, las aproxima entre sí y las sitúa
en un estado de aparición continua. La luminosidad surge desde zonas internas del
cuadro, atraviesa capas densas de materia y produce una vibración que convierte el
espacio pictórico en un lugar de condensación perceptiva.
La serie se define por una tensión entre claridad focal y espesura ambiental. Algunas
zonas concentran una nitidez más alta, mientras otras se disuelven en brumas
cromáticas, barridos y transiciones tonales. Este reparto de definición genera una lectura
rítmica: la mirada avanza desde núcleos de presencia hacia áreas de suspensión, desde
masas de color encendido hacia fondos de baja visibilidad, desde superficies calientes
hacia regiones frías o amortiguadas. La composición general mantiene una teatralidad
contenida, articulada mediante diagonales suaves, verticales marcadas, franjas
horizontales y centros de gravedad que ordenan la escena visual como un sistema de
tensiones.
Cicoria trabaja el conjunto como una pintura de umbrales. El campo aparece dividido en
zonas de tránsito, interiores cromáticos, aperturas de profundidad y bordes densificados.
La escala perceptiva combina proximidad y distancia: el espectador recibe una imagen
de fuerte impacto global y, al mismo tiempo, una acumulación de capas que exige
permanencia. La serie sostiene una figuración de gran carga simbólica mediante recursos
estrictamente pictóricos: luz, contraste, materia, ritmo, repetición estructural y gradación
atmosférica.
2. Superficie y lenguaje pictórico
La superficie pictórica posee una cualidad oleosa, absorbente y estratificada. La materia
queda trabajada mediante veladuras amplias, empastes moderados y zonas de frotado
que dejan ver el proceso de construcción. Cicoria emplea una pincelada de distinta
presión: en unas áreas se expande con suavidad, en otras marca bordes vibrantes,
incisiones tonales y acentos de color que intensifican la lectura. El resultado es una
superficie que conserva la memoria del gesto y transforma la imagen en sedimentación.
La relación entre dibujo y mancha resulta decisiva. El dibujo sostiene la arquitectura
interna del conjunto, fija direcciones, estabiliza volúmenes y organiza las relaciones de
escala. La mancha introduce movilidad, respiración y temperatura. Entre ambos registros
se forma una pintura de contornos vivos: los bordes aparecen como zonas de
intercambio, lugares donde una forma se integra en otra, donde el fondo participa de la
presencia central y donde la luz actúa como materia. Esta cualidad impide una
separación rígida entre estructura y atmósfera; todo el conjunto funciona como una red
de transiciones.
La textura visible aporta una dimensión táctil. La superficie conserva irregularidades,
brillos, acumulaciones y zonas de absorción que modifican la recepción de la luz. El
aceite genera un espesor óptico que intensifica los rojos y los dorados, mientras los
verdes y los negros adquieren profundidad mineral. La pintura trabaja con transparencia y
opacidad en equilibrio: las veladuras permiten que ciertas capas respiren bajo la imagen
final, mientras los acentos más densos fijan puntos de energía. La serie convierte la
técnica en lenguaje: la materia pictórica actúa como archivo del tiempo de ejecución.
3. Espacio, ritmo y organización del campo
El espacio se articula mediante una dramaturgia de masas. La serie combina zonas de
concentración vertical con amplios planos atmosféricos, áreas densamente ocupadas
con franjas de respiración visual. El centro suele recibir una carga lumínica y compositiva
intensa, mientras la periferia funciona como cámara de resonancia. Los bordes del
campo adquieren una importancia notable: contienen sombras, reverberaciones, cortes
parciales y expansiones cromáticas que prolongan la escena más allá de su límite físico.
La organización espacial procede por estratos. En primer término, la materia alcanza
mayor temperatura y presencia; en planos intermedios, la pintura crea pasajes de
tránsito; al fondo, la imagen se abre hacia una profundidad vaporosa. Esta estructura
produce una secuencia de lectura muy precisa: entrada por contraste, fijación en las
zonas de mayor definición, desplazamiento hacia las áreas laterales y retorno a los
núcleos luminosos. La mirada circula como si atravesara una arquitectura de luz.
El ritmo global se apoya en repeticiones abstractas: verticales que estabilizan, curvas que
suavizan, horizontales que expanden, diagonales que introducen tensión narrativa. La
serie mantiene una relación muy calculada entre peso y levitación. Las masas oscuras
anclan la composición; los reflejos, las manchas claras y los barridos cromáticos la
elevan. Esta alternancia concede al conjunto una cadencia casi musical, basada en
pausas, intensidades, ecos y desplazamientos. Cicoria ordena el campo como un
espacio de memoria escénica, donde la imagen surge por acumulación de entradas
visuales.
4. Luz, color y temperatura emocional
La luz en este conjunto posee una dimensión constructiva. Actúa como foco, velo,
residuo, reverbero y materia atmosférica. Sus zonas más intensas aparecen rodeadas de
campos sombríos que aumentan su temperatura, mientras las áreas de menor
luminosidad conservan matices internos. La penumbra, en Cicoria, posee color: verdes
densos, marrones quemados, azules profundos y negros con reflejos rojizos. Esta riqueza
tonal otorga complejidad a la oscuridad y la convierte en un ámbito pictórico plenamente
activo.
El rojo cumple una función de energía axial. Reaparece como temperatura dominante,
como impulso visual y como señal de intensidad dentro del campo. En diálogo con los
ocres y dorados, introduce una combustión cromática que recorre la serie. Los verdes y
azules, por su parte, enfrían la profundidad y abren zonas de distancia. Los blancos
velados actúan como respiración y como depósito de luz filtrada. La paleta, por tanto, se
construye mediante contrastes de temperatura más que mediante oposiciones simples.
La atmósfera resultante sitúa la obra en un tiempo suspendido. El conjunto desarrolla una
luz de final de jornada, de interior iluminado desde dentro, de memoria cromática
retenida. Esta luz modela, une y transforma. Su comportamiento produce una sensación
de continuidad entre superficies, planos y presencias. La pintura adquiere así un espesor
casi escenográfico, aunque su fuerza procede de decisiones matéricas: densidad,
transparencia, grano, borde, arrastre y acumulación.
5. Genealogías pictóricas
El conjunto activa una genealogía amplia de la pintura occidental, asumida desde el
lenguaje visible y transformada en experiencia contemporánea. El claroscuro barroco
constituye una referencia central por la manera en que la luz organiza jerarquías,
intensifica la presencia y convierte la oscuridad en espacio de acontecimiento. La
tradición de Caravaggio y Rembrandt resuena en el uso de focos cálidos, fondos densos
y transiciones que hacen emerger la imagen desde la penumbra.
El colorito veneciano aporta otra clave. La serie comparte con Tiziano y Tintoretto una
comprensión del color como sustancia temporal, capaz de construir volumen, atmósfera
y emoción desde capas sucesivas. Aquí el cromatismo adquiere espesor histórico: el
rojo, el oro envejecido y el verde profundo enlazan la materialidad pictórica con una
memoria de larga duración.
El Simbolismo europeo aparece como marco pertinente por la concentración atmosférica,
el carácter enigmático del espacio y la suspensión narrativa. La pintura de Gustave
Moreau o Odilon Redon ofrece una genealogía útil para comprender la intensidad de la
imagen como aparición mental y cromática. La pittura metafisica de Giorgio de Chirico
también entra en diálogo con la serie a través de la quietud espacial, las arquitecturas
perceptivas y la sensación de tiempo detenido. Finalmente, ciertos ecos surrealistas
conectan con la superposición de registros, la convivencia de escalas y la lógica de
imagen entendida como condensación de memoria, deseo cultural y archivo visual.
Estas referencias aportan una lectura histórica precisa: Cicoria sitúa su pintura en
continuidad con tradiciones de iluminación, escena y símbolo, y las reactiva mediante
una superficie plenamente actual, marcada por la hibridez temporal y la intensidad
material.
6. El tiempo de la imagen
El tiempo en esta serie se manifiesta como duración perceptiva. La imagen entrega
primero una impresión global de luz y densidad; después, el ojo descubre capas,
desplazamientos, variaciones de temperatura, cambios de nitidez y pequeñas tensiones
internas. La lectura crece por permanencia. La pintura funciona como un sistema de
aparición gradual, donde la información visual se sedimenta en la retina y modifica la
percepción inicial.
La técnica de veladura contribuye a esta temporalidad. Cada capa visible contiene otra
anterior, cada transición cromática conserva una memoria de ejecución. El conjunto
muestra el tiempo del hacer y el tiempo del mirar. La materia retiene gestos,
correcciones, insistencias y desplazamientos de color. El espectador percibe una imagen
acabada y, al mismo tiempo, una superficie atravesada por fases de construcción.
La secuencia visual resulta especialmente importante. La mirada entra por zonas de alta
temperatura, se desplaza hacia campos más fríos, atraviesa áreas de sombra y regresa a
los focos de mayor intensidad. Este recorrido genera una experiencia circular,
acumulativa. La obra permanece en la memoria por su organización lumínica: quedan
retenidos los contrastes, los brillos internos, las masas oscuras, los bordes vibrantes y la
atmósfera de tránsito. Cicoria construye una pintura que se recuerda como clima antes
que como relato. Su tiempo pertenece a la persistencia de la imagen en el ojo.
7. Lecturas y actualidad
La actualidad de este conjunto reside en su capacidad para articular memoria visual y
experiencia contemporánea desde la pintura. En un presente saturado de imágenes
veloces, Cicoria propone una temporalidad lenta, densa y retentiva. La serie afirma la
vigencia del soporte pictórico como lugar de montaje, archivo y pensamiento visual. Su
fuerza procede de una relación compleja entre tradición y presente: la pintura reconoce
genealogías históricas y las convierte en un campo de percepción actual.
El conjunto activa también una reflexión sobre la imagen como depósito cultural. Los
espacios, las luces y las densidades remiten a una memoria compartida de la
representación occidental, pero su organización crea un territorio propio, atravesado por
superposición, teatralidad y ambigüedad temporal. La serie trabaja con capas de pasado
que adquieren presencia contemporánea a través de la materia. La pintura deja de
funcionar como cita y se convierte en reorganización activa de formas de ver.
Desde lo visible, la obra plantea una cuestión central para el arte actual: cómo construir
intensidad en una época de circulación rápida. Cicoria responde mediante concentración,
espesor y duración. El cuadro se convierte en una zona de resistencia perceptiva, un
lugar donde la mirada recupera peso, donde el color adquiere memoria y donde la luz
organiza una experiencia de atención. La serie sostiene una idea de pintura como
montaje de tiempos heterogéneos: pasado pictórico, presente material y futuro de la
mirada confluyen en una misma superficie

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